Radamel Falcao, en su mente, ya está haciéndole goles a Polonia, Japón y Senegal. “Muchas veces me he visualizado haciendo gol en el Mundial” declaró hace poco. ¿Y cómo no, Tigre? Si la vida te debe eso. Falcao no es el único adepto de la visualización. Es el hábito de los mejores atletas del mundo.
Wayne Rooney tiene un ritual: “Le pregunto siempre al utilero la combinación exacta de colores con la que vamos a jugar. Ya por la noche, antes de dormir, me visualizo en detalle jugando bien con esos colores, haciendo golazos”.
Muhammad Ali, el mejor boxeador de la historia, tenía un ritual similar: visualizaba en detalle, de una manera vívida, milimétrica cada una de sus peleas. El ruido ensordecedor del público, el flash de las cámaras fotográficas, el calor asfixiante, las gotas de sudor en su cara. Sobre todo, se visualizaba siempre vencedor, escuchaba en su mente el clamor de los fanáticos. La visión la tenía: llegado el momento, cada uno de sus músculos sabía cuál era el norte.
Diego Maradona cuando habla del gol a los ingleses, aquella jugada virtuosa, el ‘gol del siglo’, dice que lo soñó desde que era un pibe y jugaba en el potrero. Lo visualizó tanto que llegado el momento, fue natural; se conjugaron la osadía, la visión, el coraje y la genialidad para lograrlo.
Conor Mc Gregor, luchador de artes marciales mixtas (MMA) venía de hacer lo imposible. Contra todo pronóstico, había noqueado a José Aldo por el título del peso pluma. En la rueda de prensa, un periodista le repitió, palabra por palabra, la predicción que el irlandés había hecho antes de la pelea. Fue espeluznante: Mc Gregor había descrito, movimiento por movimiento, gesto por gesto, lo que venía de acontecer. El periodista le preguntó: “¿cómo lo hizo?” Conor le respondió: “Si usted lo visualiza en su mente y tiene el coraje de decirlo, sucederá. Muchas veces la gente cree en cosas pero se las queda, no se atreve a vocalizarlas”.
La remontada del Liverpool en Estambul es legendaria. Djibril Cissé cuenta que Steven Gerrard le pidió a Rafa Benítez que le dejara dar un discurso; quería estar solo con los muchachos. Les dijo que él era un hincha del Liverpool desde niño y le dolían esos colores. Que si marcaban un gol en los primeros 15 minutos iban a ganar. Gerrard salió y marcó el primero de la remontada.
Michael Phelps, el mejor nadador de la historia, desarrolló un hábito envidiable desde muy joven. Su entrenador, Bob Bowman, le enseñó la importancia de visualizarse siempre haciendo las cosas de manera impecable. Al final de cada práctica le decía que le echara una ojeada al “cassette” antes de acostarse y a la mañana siguiente al despertar. Tal “cassette” no existía físicamente: era una visualización de la carrera perfecta que Phelps había perfeccionado en su mente. La veía, la vivía, la sentía en todo momento y cuando llegaba la hora de competir, no había miedo ni ansiedad. La victoria era natural. Ya la había vivido en su mente muchas veces.
¿Quiere saber cuál fue el ritual de Matuidi, Verratti, Meunier y Draxler antes de la famosa debacle 6-1 contra el Barcelona?
Unos días antes del fatídico duelo, compartieron una pizza. Visualizaban cómo era “imposible” llegar a tiempo para marcar a Neymar. Visualizaban cómo el Nou Camp era “gigante, inmenso”. Se pusieron a hablar de remontadas; de goles al último minuto. Todos sabemos cómo terminó eso. Cuidado con lo que piensa